¿Y los hombres qué? Caitlin Moran y la batalla cultural por las masculinidades
En medio de la ofensiva reaccionaria que intenta revertir los avances del feminismo, la escritora británica Caitlin Moran publica ¿Y los hombres qué?, un ensayo que pone el dedo en la llaga de una contradicción del patriarcado: el mismo sistema que oprime a las mujeres también mutila emocionalmente a los hombres. Lejos de las trincheras del antifeminismo, Moran propone escuchar a los varones para desarmar el discurso de la llamada 'machoesfera'.
El patriarcado también castra a los hombres
Moran, autora de Cómo ser mujer y Más que una mujer, no busca equilibrar ninguna balanza ni sugerir que las opresiones son equivalentes. Su tesis es más profunda: el patriarcado, además de distribuir privilegios de manera desigual, impone un modelo de masculinidad que muchos hombres habitan sin haberlo elegido. Un modelo que les enseña a callar, a competir y a esconder su vulnerabilidad como si fuera un signo de debilidad.
La autora entrevistó durante meses a adolescentes, especialistas y hombres de distintas edades con una pregunta tan simple como subversiva: '¿Cómo es el mundo de los chicos?'. Las respuestas revelan un vacío emocional que el capitalismo y la cultura patriarcal se encargan de reproducir.
La Generación Z y el discurso del 'feminismo ha ido demasiado lejos'
Moran esperaba encontrarse con la generación más igualitaria de la historia. En cambio, escuchó frases como 'ahora es más difícil ser un chico que una chica' o 'el feminismo ha ido demasiado lejos'. Lejos de caer en la trampa de validar ese malestar como una prueba del fracaso del feminismo, la escritora lo utiliza para explorar de dónde proviene esa percepción y qué vacíos deja al descubierto.
Ese malestar no es espontáneo. Es el caldo de cultivo que alimenta a la 'machoesfera', ese ecosistema digital donde proliferan influencers como Andrew Tate, que prometen recuperar una masculinidad supuestamente perdida mientras presentan el feminismo como una amenaza. Moran los retrata como el síntoma de un problema mayor: el vacío que encuentran muchos adolescentes cuando buscan modelos para entender qué significa ser hombre hoy.
El humor como estrategia para no hablar
Uno de los hallazgos más lúcidos del ensayo es que muchos hombres no carecen de emociones, sino de palabras para nombrarlas. 'Muchas veces, las bromas son una excusa para no hablar con alguien', confiesa uno de los entrevistados. El humor, la competencia y la ironía ocupan el lugar que, en otros ámbitos, tienen las conversaciones sobre el miedo, la tristeza o la incertidumbre.
Mientras el feminismo construyó durante décadas un lenguaje para identificar experiencias compartidas, los hombres rara vez desarrollaron espacios equivalentes para hablar de sus propios conflictos. La consecuencia no es la ausencia de sufrimiento, sino la falta de herramientas para comprenderlo y transformarlo.
Dos miedos que conviven en el debate contemporáneo
Moran contrapone dos miedos que atraviesan el debate actual. Mientras algunos jóvenes expresan temor a ser acusados injustamente de abuso, millones de mujeres crecieron incorporando otro miedo mucho más cotidiano: el de convertirse en víctimas de una agresión sexual. La comparación no busca establecer una competencia entre sufrimientos, sino poner en perspectiva cómo se construyen esas percepciones y por qué unas ocupan mucho más espacio público que otras.
El patriarcado sigue siendo un sistema de creencias que asigna papeles rígidos a unos y otras. Reconocer los costos que ese modelo también tiene para los hombres no implica relativizar las desigualdades que siguen atravesando la vida de las mujeres. Por el contrario, supone comprender que transformar esas estructuras requiere que ambos puedan cuestionarlas.
¿Quién está enseñando a los hombres a ponerle nombre a lo que sienten?
Si el feminismo enseñó a generaciones de mujeres a nombrar aquello que les ocurría, la pregunta que deja flotando Moran es quién está enseñando hoy a los hombres a hacer lo mismo. Porque, cuando ese espacio queda vacío, otros están dispuestos a ocuparlo. Y no siempre lo hacen desde la liberación, sino desde la reacción.
Con humor, lucidez y una buena dosis de honestidad intelectual, la escritora británica ofrece un ensayo que llega en un momento oportuno. No porque cierre un debate, sino porque invita a formular preguntas que pocas veces encuentran espacio en la conversación pública. Después de todo, quizá la vieja pregunta '¿Y los hombres qué?' nunca buscó una respuesta sencilla. Tal vez lo que necesitaba era alguien dispuesto, por fin, a escucharla.