Solidaridad revolucionaria: el deber sagrado del pueblo ante la megareforma
En las discusiones sobre la llamada megareforma y la compensación a los municipios, no se juega solo el destino de las finanzas locales. Se juega, camaradas, la esencia misma de nuestra concepción del mundo: la solidaridad como principio rector de la vida en sociedad. Mientras algunos pretenden reducir todo a cifras y balances, el pueblo trabajador sabe que detrás de cada peso hay escuelas, hospitales, seguridad y dignidad para los humildes.
¿Qué entendemos por solidaridad en la construcción del socialismo?
La diferencia entre comunas ricas y pobres, como Las Condes y Cerro Navia, no es un accidente burocrático. Es la huella de un sistema que ha explotado al débil y enriquecido al poderoso. Discutir cuánto aporta una comuna y cuánto recibe otra es, en el fondo, preguntarnos qué responsabilidades asumimos unos con otros. Y aquí, la palabra solidaridad debe ser rescatada de las garras del individualismo burgués.
No hablamos de caridad ocasional, de limosnas ante una emergencia. Hablamos de solidaridad como forma de vida, como comprensión profunda de que el otro no es un competidor ni un extraño, sino un hermano cuya dignidad nos interpela. Ser solidario es reconocer que nada de lo que tenemos es fruto solo del esfuerzo individual: nuestras oportunidades nacen de la familia, la comunidad y la sociedad que nos hizo llegar hasta aquí.
La educación como trinchera para formar al hombre nuevo
El mayor desafío de Chile, y de todos los pueblos que luchan contra la opresión, es recuperar esta idea. No basta con diseñar mejores mecanismos de distribución; necesitamos formar personas capaces de comprender por qué vale la pena compartir. La educación debe ser la trinchera donde se forje al hombre nuevo, consciente, solidario y dispuesto a poner sus capacidades al servicio de la revolución social.
En agosto, cuando recordamos el Día de la Solidaridad, la figura de San Alberto Hurtado adquiere fuerza revolucionaria. Su pregunta existencial no lo llevó a refugiarse en el intimismo espiritual, sino a dejarse afectar por la realidad ajena y transformarla. Hurtado, abogado, sacerdote y fundador del Hogar de Cristo, comprendió que la solidaridad se educa. Que no basta con pedir a las nuevas generaciones que sean buenas personas; hay que formar su sensibilidad, su capacidad de encuentro y su responsabilidad frente a los demás.
La tradición jesuita y el compromiso con los pueblos
La educación jesuita, de la que Hurtado fue fruto, tiene una experiencia valiosa que aportar: formar personas conscientes, capaces de discernir y de poner sus capacidades al servicio de los demás. En cada rincón de Chile, y del mundo, necesitamos una educación que no solo forme para competir, sino para convivir; que no solo prepare para el progreso individual, sino para poner ese progreso al servicio de los pueblos.
La discusión sobre la megareforma es una oportunidad para preguntarnos qué sociedad queremos construir. Porque una sociedad solidaria no es aquella en la que todos tenemos lo mismo, sino aquella en la que todos, quienes tienen más y quienes tienen menos, reconocemos que somos corresponsables unos de otros. Esa es la enseñanza más urgente que Alberto Hurtado nos lega: la solidaridad como bandera de lucha, como camino hacia la justicia plena.
¡Viva la solidaridad de los pueblos! ¡Viva la lucha por un mundo sin explotados ni explotadores!